Fogatas de libros

Cuaderno de Bitácora, 22 de mayo de 2014:

“Los libros arden mal”, así se titulaba la novela de Manuel Rivas publicada en el año 2006. Para desgracia de la humanidad arden bien, demasiado bien…

En la entrada de hoy, haremos un repaso a las “fogatas” de libros que se han producido a lo largo de la historia y que han sido más o menos famosas por la cantidad de volúmenes o por su significado histórico.

Comenzaremos en el año 367, en el que Atanasio, obispo rebelde de Alejandría, ordenó la quema de libros religiosos que él no consideraba aceptables, los que quedaron son los que hoy forman parte del Nuevo Testamento.

Quema libros 3

Otra gran pérdida fue llevada a cabo por el religioso dominico Girolamo Savonarola. Su “hoguerita” destruyó el 7 de febrero de 1497, en Florencia una gran cantidad, tanto de libros, como de obras de arte y otros objetos que se podían considerar como “faltos de decoro” (por ejemplo, espejos, vestidos e instrumentos musicales). Es lo que se conoce como “Hoguera de las vanidades”. Para los amantes del arte, como vuestro querido Capitán, el monje no es especialmente querido ya que el fuego se llevó pinturas mitológicas de temas clásicos del gran Sandro Botticelli. El dominico finalmente bebió de su propia medicina, ya que al año siguiente fue él quien se consumió en el fuego.

También es tristemente conocido el “Auto de fe de Mani” localidad de Yucatán, México. El desastre fue ordenado el 12 de julio de 1562 por el misionero español de la orden franciscana Diego de Landa y ardieron “5.000 ídolos de diferentes formas y dimensiones, 13 grandes piedras utilizadas como altares, 22 piedras pequeñas labradas, 27 rollos con signos y jeroglíficos, toneladas de libros y 197 vasijas de todos los tamaños”.

Casi cuatrocientos años más tarde, el 10 de mayo de 1933 se produjo la quema de 25.000 libros “no alemanes” en la Opernplatz de Berlín, los libros no eran sólo de autores judíos, sino también de autores socialistas o pacifistas. “Aquellos actos, que congregaron a miles de espectadores en las calles y en los que participaron profesores y miembros de las SS, marcaron el inicio de la censura y la persecución de intelectuales que caracterizaron al régimen nazi”. Desgraciadamente, la quema de libros continuó hasta que se puso fin a la Segunda Guerra Mundial.

Poco amigo de los libros fueron también los militares de la dictadura chilena durante el mandato del General Augusto Pinochet, sobre todo en su primera época, se destruyeron multitud de libros entre ellos de García Márquez (15.000 copias de su “Las aventuras de Miguel Littín clandestino en Chile”), Cortázar, Neruda o Vargas Llosa, por citar algunos.

Terminamos con la famosa admonición del poeta judio-alemán del siglo XIX, Heinrich Heine, (cuyos libros también ardieron en la Opernplatz): “Dort, wo man Bücher verbrennt, verbrennt man am Ende auch Menschen“: “Ahí donde se queman libros se acaban quemando también seres humanos”.

Saludos del capitán Nemo, tened siempre un libro cerca… Alarga la vida.

 

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